Queremos construir muchas cosas.
Un negocio. Una carrera. Una familia. Un ministerio. Una mejor situación económica. Un proyecto. Una vida con propósito.
Queremos aprender a liderar personas, administrar recursos, asumir responsabilidades y construir algo que deje huella.
Pero últimamente hay una pregunta que me confronta.
¿Cómo voy a gobernar algo más grande si todavía no estoy aprendiendo a gobernarme a mí mismo?
Es una pregunta incómoda.
Porque es fácil hablar de visión. Es fácil hablar de crecimiento. Es fácil imaginar todo lo que queremos conseguir dentro de cinco o diez años.
Lo difícil es mirar nuestra rutina actual y preguntarnos si nuestros hábitos están construyendo a la persona que será capaz de sostener esa visión.
Y ahí es donde entra algo tan básico como nuestro cuerpo.
El cuerpo también forma parte del camino
Durante mucho tiempo es fácil reducir el cuidado del cuerpo a una cuestión estética.
Entrenar para verse mejor. Comer mejor para bajar grasa. Dormir más para rendir.
Y claro que la estética puede formar parte de nuestros objetivos. No hay nada malo en querer sentirnos bien con nuestro cuerpo.
Pero últimamente estoy entendiendo que cuidar el templo va mucho más allá.
Mi cuerpo es el lugar desde donde vivo todo lo demás.
Desde aquí trabajo. Desde aquí sirvo. Desde aquí estudio. Desde aquí construyo. Desde aquí amo. Desde aquí oro. Desde aquí enfrento los días difíciles.
Y desde aquí voy a tener que sostener todo aquello que quiero construir.
Si quiero tener energía para cumplir mi propósito, mi cuerpo importa. Si quiero servir a otras personas durante años, mi salud importa. Si quiero construir proyectos grandes, mi capacidad física y mental importa. Si quiero estar presente para mi familia, mi bienestar importa.
El cuerpo no es un accesorio del camino.
Es parte del camino.
Antes de liderar fuera, tengo que aprender a liderarme
Queremos liderar equipos. Queremos administrar negocios. Queremos tener mayores responsabilidades. Queremos que Dios nos confíe más.
Pero antes de administrar grandes cosas, ya estamos administrando pequeñas cosas todos los días.
Administramos nuestras horas. Administramos nuestros hábitos. Administramos nuestra energía. Administramos nuestras decisiones. Administramos lo que hacemos cuando nadie nos está mirando.
Y ahí es donde comienza el liderazgo personal.
Antes de dirigir a otras personas, tengo que aprender a dirigir mis propias decisiones. Antes de pedir más oportunidades, tengo que aprender a administrar las que ya tengo. Antes de querer construir una vida grande, tengo que aprender a cuidar el cuerpo que va a acompañarme durante esa vida.
Parece básico.
Pero muchas veces queremos resultados extraordinarios mientras seguimos negociando con hábitos extremadamente simples.
Los hábitos revelan mucho más de lo que pensamos
La hora a la que nos acostamos. Lo que hacemos cuando suena la alarma. Cómo comemos. Cuánto nos movemos. Cómo reaccionamos cuando estamos cansados. Si cumplimos aquello que nos prometimos. Cómo utilizamos nuestras primeras horas del día. Lo que hacemos cuando nadie nos exige nada.
Todo eso parece pequeño.
Pero repetido durante meses o años termina construyendo una persona.
Los grandes cambios rara vez aparecen de golpe. Normalmente comienzan con decisiones pequeñas que repetimos suficientes veces.
Y por eso estoy aprendiendo a mirar los hábitos de otra manera.
No simplemente como tareas.
Los hábitos son votos por la persona en la que quiero convertirme.
Cada vez que cumplo una pequeña promesa que me hice, estoy fortaleciendo algo dentro de mí. Cada vez que entreno aunque no sea el día perfecto. Cada vez que elijo descansar cuando realmente lo necesito. Cada vez que decido comer mejor. Cada vez que respeto una hora de sueño. Cada vez que vuelvo después de haber fallado.
Estoy construyendo carácter.
No se trata solamente de entrenar más
Aquí también he tenido que corregir mi manera de pensar.
Disciplina no significa hacer más todo el tiempo.
A veces creemos que una persona disciplinada es aquella que nunca para. Que siempre entrena. Que duerme poco. Que trabaja más que todos. Que aguanta sin quejarse.
Pero eso también puede convertirse en falta de sabiduría.
Hay momentos para empujar. Y hay momentos para recuperar. Hay días en los que el cuerpo necesita entrenamiento. Y hay días en los que necesita descanso. Hay temporadas en las que podemos exigir un poco más. Y otras en las que debemos aprender a bajar el ritmo.
Cuidar el templo también significa escucharlo.
No para vivir esclavos de cómo nos sentimos. Pero tampoco para ignorar constantemente sus señales.
El cansancio habla. La falta de sueño habla. La ausencia de energía habla. La tensión constante habla.
El cuerpo muchas veces avisa antes de obligarnos a parar.
Madurez también es aprender a escuchar esas señales.
No quiero que mi visión sea más grande que mi capacidad para sostenerla
Esta idea me confronta especialmente.
Podemos tener una visión enorme. Podemos querer construir muchísimo.
Pero conseguir algo y tener la capacidad de sostenerlo son dos cosas diferentes.
Puedes alcanzar rápidamente algo que tu carácter todavía no sabe administrar. Puedes recibir una oportunidad que tus hábitos todavía no pueden sostener. Puedes aumentar tus responsabilidades mientras disminuyes tu capacidad física y mental.
Y eventualmente aparece la factura.
Por eso ya no quiero pensar solamente: ¿qué quiero conseguir?
También necesito preguntarme: ¿en quién tengo que convertirme para poder sostenerlo?
Y esa transformación comienza mucho antes de que llegue la oportunidad.
Comienza ahora.
Dormir cuando toca dormir. Entrenar. Moverme. Comer conscientemente. Descansar. Cumplir mi palabra. Establecer límites. Decir no cuando corresponde. Volver cuando fallo. Ser constante cuando nadie está mirando.
Nada de esto parece espectacular.
Pero ahí también se construye una vida.
El cuerpo como templo
Pablo escribe algo que cambia completamente la perspectiva.
“¿No se dan cuenta de que su cuerpo es el templo del Espíritu Santo, quien vive en ustedes y les fue dado por Dios? Ustedes no se pertenecen a sí mismos, porque Dios los compró a un alto precio. Por lo tanto, honren a Dios con su cuerpo.” — 1 Corintios 6:19-20 (NTV)
Cuando leo esto, entiendo que cuidar mi cuerpo no es solamente una decisión estética.
También es administración.
No me pertenece únicamente para hacer con él cualquier cosa sin pensar en las consecuencias. Es un recurso que Dios me ha dado. Y como cualquier recurso, tengo que aprender a administrarlo.
No desde la obsesión. No desde la comparación. No desde la vanidad.
Desde la responsabilidad.
Pablo también dice que “disciplino mi cuerpo como lo hace un atleta, lo entreno para que haga lo que debe hacer” (1 Corintios 9:27, NTV).
Me gusta esa imagen.
Un atleta no odia su cuerpo. Lo prepara. Lo entrena. Lo cuida. Le exige. Pero también entiende que necesita recuperarlo.
Hay una intención detrás de todo.
Eso es lo que quiero aprender.
No quiero vivir gobernado únicamente por impulsos. Quiero tener la capacidad de decidir qué necesita mi cuerpo y actuar en consecuencia.
Primero contigo
A veces queremos cambiar el mundo mientras nuestra propia vida está completamente desordenada.
Queremos influir. Queremos liderar. Queremos ayudar. Queremos construir.
Y todo eso está bien.
Pero quizá una parte de ese camino comienza mucho más cerca.
Comienza contigo.
Con tu habitación. Con tu agenda. Con tu alimentación. Con tu entrenamiento. Con tu sueño. Con tus decisiones. Con lo que haces mañana por la mañana cuando nadie te está mirando.
No porque necesites ser perfecto antes de ayudar a alguien. Eso tampoco sería real.
Sino porque es difícil sostener grandes responsabilidades fuera cuando nunca estamos aprendiendo a gobernarnos por dentro.
El liderazgo personal no termina en nosotros.
Pero sí comienza ahí.
Disciplina no significa perfección
También quiero recordar esto.
Habrá días malos. Habrá semanas en las que la rutina se rompa. Habrá cansancio. Habrá viajes. Habrá temporadas difíciles.
Habrá días en los que no entrenaremos. Días en los que comeremos peor. Días en los que dormiremos menos de lo que queríamos.
Eso no significa que todo esté perdido.
Durante mucho tiempo podemos caer en una mentalidad de todo o nada. Fallamos dos días y pensamos que hemos perdido el hábito. Nos salimos de la rutina y abandonamos completamente.
Pero estoy aprendiendo que disciplina no significa no fallar nunca.
Disciplina también significa aprender a volver.
Quizá ayer no hiciste lo que querías hacer. Vuelve hoy. Quizá esta semana fue mala. Vuelve mañana. Quizá perdiste el ritmo durante un mes. Empieza otra vez.
No necesitas esperar al lunes. Ni al próximo mes. Ni al primero de enero.
Puedes volver en la siguiente decisión.
Y eso también es disciplina.
Empieza con algo pequeño
Cuando hablamos de hábitos podemos cometer otro error.
Queremos cambiar toda nuestra vida en una semana. Entrenar cinco días. Dormir ocho horas. Dejar el azúcar. Leer. Caminar. Beber más agua. Levantarnos temprano. Cambiar completamente nuestra alimentación.
Y dos semanas después estamos agotados.
Cada vez creo más en empezar pequeño.
Escoge algo. Una sola cosa.
Y al terminar la semana pregúntate: ¿estoy aprendiendo a confiar en mi propia palabra?
Porque hay algo poderoso en decir “mañana voy a hacerlo” y hacerlo.
No porque ese hábito vaya a transformar toda tu vida en siete días. Sino porque estás construyendo una relación diferente contigo mismo.
Estás aprendiendo a dirigirte.
El templo tiene que sostener el camino
Todavía estoy aprendiendo esto.
No tengo todos mis hábitos perfectos. No siempre descanso como debería. No siempre entreno con la misma intensidad. No siempre tomo la mejor decisión.
Pero cada vez entiendo mejor que el cuerpo que tengo hoy también está relacionado con la vida que quiero construir mañana.
No quiero llegar a mis objetivos completamente agotado. No quiero construir una gran visión destruyendo el vehículo que tiene que llevarme hasta ella.
Quiero aprender a construir ambas cosas al mismo tiempo.
Mi visión. Y mi capacidad para sostenerla.
Mi propósito. Y el cuerpo desde donde voy a vivirlo.
Mi disciplina. Y la sabiduría para saber cuándo exigir y cuándo descansar.
Porque antes de querer gobernar algo más grande, necesito seguir aprendiendo a gobernarme a mí mismo.
Y muchas veces ese aprendizaje empieza con algo tan sencillo como cuidar mejor mi templo.
Tu reto para los próximos 7 días
No intentes cambiar toda tu vida esta semana.
Escoge un solo hábito relacionado con tu templo:
- Sueño — define una hora aproximada para acostarte.
- Movimiento — camina o entrena. No tiene que ser perfecto. Haz algo.
- Alimentación — mejora una comida al día.
- Mañanas — intenta no comenzar el día reaccionando directamente al móvil.
- Palabra — hazte una pequeña promesa y cúmplela.
Después define qué vas a hacer, cuándo vas a hacerlo y durante cuántos días.
Y al terminar la semana responde:
- ¿Cuántos días cumplí?
- ¿Qué hizo más difícil mantener el hábito?
- ¿Qué puedo ajustar?
- ¿Qué aprendí sobre mí?
- ¿Estoy aprendiendo a confiar más en mi propia palabra?
El objetivo no es tener una semana perfecta.
El objetivo es comenzar a gobernar conscientemente una pequeña área de tu vida.